Manuel Palomar Manuel Palomar
Manuel Palomar Manuel Palomar

La universidad debe adaptar la organización de la docencia, especialmente en el primer semestre del próximo curso académico, para garantizar la seguridad de las actividades. En este sentido, afrontamos el futuro implementando medidas de seguridad y de salud, y preparándonos para un nuevo curso académico, que será presencial, complementado no presencialmente de aquellas actividades que las autoridades sanitarias no recomienden llevar a cabo de modo presencial, lo que requerirá una acomodación progresiva de docentes y discentes a nuevas metodologías docentes y la potenciación de las herramientas tecnológicas que faciliten la educación superior.

Estoy seguro de que lo conseguiremos, porque todo cambia, pero algunas cosas no cambian, o cambian muy lentamente. De hecho, casi sin darnos cuenta y como en tantas otras profesiones, ya trabajábamos de modo bien diferente al de hace pocos lustros, de modo que esta crisis no hace sino acelerar una transición ya iniciada. Lo que no ha cambiado, sin embargo, es nuestra voluntad de saber y nuestra vocación de servicio público, los ingredientes centrales de nuestro trabajo. Y ojalá que nunca jamás cambien. Por el bien de la sociedad a la que servimos.

No ignoro, sin embargo, los problemas que acechan a una universidad que, hasta el presente, ha sido, y debiera seguir siendo en un futuro indeterminado, que deseo próximo, presencial. El coronavirus, en sí, no va a forjar una nueva universidad, pero sí ha acelerado procesos y cambios que ya estaban presentes desde hace años. 

De momento, el uso masivo de las TIC para la enseñanza virtual, la única alternativa posible y plausible a la enseñanza presencial ante la amenaza pandémica, ha mitigado, casi en tiempo real, los daños que se hubieran derivado de la interrupción general de la docencia y la evaluación. 

No sin problemas que han afectado al conjunto del colectivo universitario. Más allá de las inevitables tensiones en torno a la certificación de identidades en la evaluación, en pugna con la preservación de la intimidad de los alumnos, o el posible uso irregular o fraudulento de los materiales en línea del profesorado;  más allá de la adaptación forzada y veloz a nuevos métodos de docencia y criterios de evaluación, la prolongación de la enseñanza híbrida y, no digamos, la exclusivamente virtual, en una universidad de historia y vocación presencial; mas allá de todo esto se plantean numerosos interrogantes.

La tecnología NO la deberíamos utilizar para hacer lo mismo que hacíamos sin ella.

De entrada, la comunicación on line no sustituye ni mejora la comunicación cara a cara, más horizontal y dialógica frente a la verticalidad de la relación virtual, ni facilita las muestras de reciprocidad, debate público y respeto mutuo. Limita, además, la capacidad de transmisión de información y la aprehensión de emociones que autoriza la comunicación no verbal (el contacto visual, la gestualidad, la expresividad facial). El emisor pierde progresivamente estímulos, ante la ausencia de feedback personal, al tiempo que desfallece la eficacia y la atención de la escucha en el receptor, vectores necesarios, si no imprescindibles, en el proceso de aprendizaje. La capacidad de adaptación a la audiencia y a sus condiciones subjetivas y conductuales de recepción se ven afectadas, dificultando la construcción interindividual del conocimiento y el desarrollo de competencias mediante prácticas discursivas. 

Por añadidura, la presencialidad posibilita el diálogo más allá de las aulas, facilitando el aprendizaje y el desarrollo de vínculos personales y habilidades sociales, y procurando un suplemento de motivación e información gracias al intercambio de conocimientos y experiencias mediante la cooperación con el profesorado y con los compañeros. Ni los monólogos telemáticos, ni las relaciones virtuales, pueden sustituir la experiencia compartida, sin olvidar que no solo en el aula sino en los espacios comunes de los aularios, las zonas verdes, las bibliotecas, las zonas deportivas, las actividades culturales, artísticas, teatrales, las sedes y aulas universitarias, las estancias internacionales, los congresos, los seminarios, los clubes sociales es donde se construye un espacio de reconocimiento, reflexión y sociabilidad fundamental en la formación intelectual de cualquier estudiante, como reconocerá cualquier profesor o profesora, que en su día también fue estudiante.

Como afirmaba el profesor y filósofo Nuccio Ordine en una entrevista el 16 de marzo, en las clases no solamente se transmite un contenido (eso, efectivamente, puede realizarse a través de cualquier plataforma virtual, con o sin docente) sino, sobre todo, tiene lugar una experiencia humana compartida. La empatía, la deontología, así como la argumentación respetuosa y deliberativa que se despliegan en esos escenarios NO pueden virtualizarse.

Somos, por elección e historia una universidad anclada en el territorio, con sedes y aulas universitarias en todas las comarcas, y que ha pretendido y pretende promover el progreso sociocultural y económico de una provincia que necesita, tanto como el agua que le falta, desarrollar, retener y atraer talento e innovación de todo orden.

Si por las terribles y temibles circunstancias que atravesamos menguara la demanda de estudios universitarios de proximidad y viéramos disminuidos nuestros recursos ya exhaustos, la consecuencia inevitable sería, previsiblemente, una despiadada selección natural en el hábitat de los centros universitarios y la paulatina extinción de numerosas universidades, que solo podrían sobrevivir precariamente en un entorno de competencia global exacerbada, en el que los hubs universitarios de las metrópolis tendrían evidentes ventajas de partida.

Debemos, por tanto, hacer un uso cada vez más extenso e intensivo de las herramientas digitales, que se han mostrado extraordinariamente útiles en situaciones de emergencia, y que amplían enormemente el repertorio de recursos para la enseñanza y el aprendizaje.  Sin embargo, siempre que la realidad, una realidad en evolución incierta –y la piedra de toque que, finalmente, mide la justeza de nuestras decisiones- lo consienta, nuestro horizonte, por las razones antedichas, deber ser la presencialidad, esa palabra tan horrible que designa, como hemos aprendido con dureza, una tan amable como deseable circunstancia.

Manuel Palomar